Turismo Terapéutico y Científico

En los siglos XVIII y XIX, Madeira destacó por sus cualidades climáticas y por sus efectos terapéuticos, revelándose, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, como estancia para tal fin, en función de las entonces consideradas cualidades profilácticas de su clima, en la cura de la tuberculosis.

El clima agradable, manifestado por las temperaturas más o menos constantes entre el día y la noche y, también, la existencia de pocas amplitudes térmicas diurnas y anuales, hicieron que Madeira no solo fuese divulgada como recomendada, sino también altamente demandada.

La fama de Madeira en este campo se difundió rápidamente por toda Europa y la isla se benefició de la coyuntura de inestabilidad europea, pues las guerras liberales del momento bloqueaban las vías de acceso a las estancias de cura del sur de Italia y Francia.

El flujo marítimo destinado a tales regiones, que integraba a ingleses, alemanes y rusos, terminó siendo desviado a la región de Madeira, lo que evidentemente fue positivo.

A lo largo del siglo XIX, la convivencia con poetas, escritores, políticos y aristócratas fue frecuente. Durante mucho tiempo, la isla permaneció como lugar de acogida para estos enfermos, siendo considerada la primera y principal estancia de cura y convalecencia del viejo continente.

La presencia, cada vez más asidua, de estos enfermos, realzó la necesidad de que se crearan más infraestructuras de apoyo: sanatorios, alojamientos y agentes, que sirvieran de intermediarios entre estos forasteros y los propietarios de tales espacios de acogida.

El turismo, tal como hoy lo entendemos, daba sus primeros pasos.
 
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