Leyenda de Arguim

El día en que Madeira emergió de los mares, otra isla atlántica, conocida como Arguim, que se situaba ligeramente al norte de la primera, se sumergió.
 
Dicen que el rey Sebastián no habría perecido en la batalla de Alcácer-Quibir, sino que fue derrotado por los moros y huyó dando a parar a una isla en el océano que sería Arguim.
 
En su ruta hacia ese lugar legendario, pasó por la isla de Madeira, tocando el cabo Garajau y en la roca más saliente al mar clavó con fuerza su enorme espada. Y ahí quedó clavada y encantada la espada del rey, esperando a que un día la retomase para reconquistar la tierra portuguesa, que en poco tiempo fue sometida a los Felipes de Castilla.
 
El rey Sebastián pasó a vivir en Arguim, en castillos de oro y marfil, cuyas puertas estaban protegidas por un león. Este pacífico estilo de vida lo aburría y adormecía en el dulce regazo de ninfas y hadas. 
 
Dicho esto, hace muchos años, un galeón procedente del continente en demanda de la isla de Madeira tuvo constancia de la isla de Arguim, que emergió súbitamente. En su fondeadero atracó el barco, que transportaba a algunos jesuitas, con destino a Brasil. Los más osados salieron de abordo en un bote que remó hacia la playa, y cuál fue su sorpresa cuando descubrieron que los guijarros de la playa eran de oro puro y la arena eran piedras preciosas y marfiles. Los navegantes subieron a una costa donde esperaban encontrar nuevos descubrimientos, cuando la isla se sumergió arrastrándolos al agua del Atlántico.
 
En el fondo del mar existía otro mundo con flores de una belleza extraña y peces bellísimos. Los navegantes asistieron a una audiencia de la nueva corte del rey Sebastián, en una ceremonia dedicada a ellos y con todos los detalles de las fiestas del palacio real.
Cuando la recepción terminó, la isla emergió y todos pudieron regresar a la playa, con promesas de volver.
 
La embarcación llegó a puerto en la isla de Madeira, donde los navegantes contaron lo que vieron y anunciaron que cuando Arguim volviera para siempre a la superficie, Madeira bajaría a los abismos marinos desapareciendo para siempre del mar. El día del regreso de Arguim sería cuando el joven rey quisiera volver a buscar su espada a Garajau y guerrear contra los ocupantes filipinos.
 
Se dice también que, en otro viaje, otro galeón cargado de víveres procedentes de Lisboa y con destino Madeira, atravesó una dura tempestad cerca de Arguim. Fue necesario lanzar al mar hasta el último saco de carga, cuando de repente la nave volvió a equilibrarse, en una sorprendente calma.
 
El capitán ordenó ver el mar y algunos hombres, que tuvieron el coraje de sumergirse, relataron atónitos y temerosos que habían visto una ciudad donde las personas recibían con una fiesta los sacos de víveres que lentamente iban descendiendo de la superficie. Allí estaría Arguim.
 
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